Despedidas
Sin embargo, mi sensación cambió a medida que el concierto se desarrollaba. Me impresionaba lo que veía desde la grada en la que estábamos: un mar interminable de personas. Jamás había estado en un concierto con tantísima gente, lo más a lo que había asistido era de 15.000 personas y además desde la parte de abajo, que es menos espectacular. Pero este superó las 70.000 y la vista era colosal.
chos años, y pensar eso me quitó la indiferencia con la que había acudido a Sevilla. Las canciones se iban sucediendo y salvo las poses de falso guitarrista que los que me rodeaban ponían mientras cantaban, el lanzamientos de minis llenos de cerveza desde los asientos de más arriba y demás detalles que quitaban romanticismo al acontecimiento, ver a toda esa gente en el campo totalmente entregada y bajo la iluminación de tenues luces, me puso la carne de gallina, especialmente en canciones como La Chispa Adecuada donde Bunbury apenas cantó y dejó que fueran las 70.000 personas quien la interpretaran, un sonido surround envolvente que me llenaba de la cabeza a los pies y que me hizo sentir algo parecido a una experiencia religiosa. Podías mirar y ver a tu lado a alguien que movía la boca como si se estuviese rompiendo la garganta cantando, pero era imposible distinguir su voz, lo único que se oía era un clamor que era omnipresente, lo inundaba todo. Lo que sentía en ese momento era especial, de repente no quería que acabase nunca. Por un momento fui feliz, y estuve a punto de ponerme a llorar solo de pensar que en pocos minutos volvería a mi asquerosa vida.
rto un tesoro demasiado tarde, como haber llegado a un pastel del que ya no quedaba nada. Y supongo que esa sensación también la tuvieron mis acompañantes, saber que acabábamos de descubrir algo grandioso pero que jamás podríamos volver a repetir.Hace 3 años conocí a un arquitecto que construyó una torre para mí. Mi ciudad era solo un entramado de chabolas y casas bajas, numerosas pero de escaso valor artístico y estéticamente feas; y esa torre era, con mucho, la joya de la corona, algo de lo que me sentía muy orgulloso. Pero pensé que no estaría de más reforzar mi ciudad con una segunda torre, juntas podrían ser el punto de partida de una nueva ciudad, totalmente reformada, y cuya visión no resultase tan triste ni para mí ni para el ojo humano en general, una ciudad que te pusiese alegre solo con mirarla.
Un nuevo arquitecto se ofreció para construirla y en un principio parecía sólida, pero pocos meses después se vino abajo espontaneamente, con lo que no tuve más remedio que despedirle. Al poco tiempo, un nuevo arquitecto quiso asumir el protagonismo y la levantó de nuevo. Pero sus materiales eran de baja calidad y su talento y conocimientos, pésimos, algo que se confirmó con un nuevo derrumbe. Le enconmendé la tarea a un nuevo arquitecto de mi confianza, alguien en quien confiaba ciegamente, y se sintió orgulloso de ser el elegido. Pero sus credenciales finalmente fueron falsas y a la hora de la verdad resultó ser poco profesional, dejandola a medio terminar y embarcándose en otros proyectos que le interesaban más, así que lo que construyó se desmoronó rápidamente. Siempre pensé que quizás no fuese suficiente usar buenos materiales sino que era obligación mía darle un buen mantenimiento, así que ellos construían la torre y yo la cuidaba: limpiaba los cristales, repintaba la fachada y si llegaba a haber fuego en ella, no llamaba a los bomberos, sino que era yo mismo el que sacrificaba mi vida por apagarlo, porque nadie podría tener más interés en que siguiera en pie que yo mismo. Sin embargo, tenía la sospecha de que, por alguna extraña razón o teoría inversa, cuanto mejor trato le daba más se agrietaba y peor aspecto presentaba.
De esta forma entraron dos arquitectos más y por mucho que me he esforzado en darle un buen uso, antes o después al final siempre se ha venido abajo. Puede que los cimientos estén malditos, que yo no utilizase los productos adecuados para cuidar la torre o que todos los que decían ser arquitectos en realidad fuesen jardineros y no tuviesen ni el graduado escolar, pero lo cierto es que ya me he cansado de levantarla. Creo que en su base construiré zonas verdes, que aunque no den ostentación a la ciudad, serán una buena influencia para mis castigados pulmones.
El proyecto de ciudad no ha sido un éxito, la segunda torre está otra vez en el suelo y el resto de casas no han prosperado, siguen igual de horribles y viejas. Sin embargo, la primera torre sigue luciendo como el primer día y no tiene ninguna grieta, demostrando que su creador era en verdad un profesional, ha construido algo que al menos responde a la lógica y cuanto más la cuido más se refuerza. Sirva el no construir una nueva para que no haya nada que pueda hacer sombra a su obra de arte y la torre se sienta orgullosa de ser el único edificio que sobresale en este inmenso vacío que es mi mundo. Y siempre que llueva, iré allí a cobijarme.
Quizás mi error siempre fue no dejar ni una gota que exprimir a mi alma.
Red Hot Chili Peppers - Soul To Squeeze


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